Instituto de Economía
Las medidas de pobreza per cápita ocultan desigualdades dentro del hogar. Nueva evidencia en 45 países muestra brechas de género y una fuerte desventaja para niños.
Las estimaciones de pobreza suelen basarse en medidas per cápita del ingreso o gasto del hogar. Si bien este enfoque ofrece ventajas metodológicas clave, como la simplicidad y la comparabilidad entre países,[1] pasa por alto dos factores críticos que influyen en la experiencia individual de la pobreza.
En primer lugar, no logra captar las diferencias de bienestar dentro de un mismo hogar, a pesar de la creciente evidencia[2] de que la desigual distribución de los recursos dentro del hogar constituye una parte sustancial de la desigualdad total. Ignorar estas diferencias puede distorsionar seriamente las evaluaciones del avance relativo de los países en la reducción de la pobreza infantil y de género. En segundo lugar, el enfoque per cápita no considera las diferencias en necesidades entre los miembros del hogar y, a menudo, ignora la presencia de economías de escala en hogares con múltiples integrantes, a pesar de la evidencia de que los beneficios del consumo conjunto influyen significativamente en los patrones globales de pobreza.[3] Nuestra investigación, que abarca 45 países de ingresos bajos y medios, muestra que estos supuestos subestiman seriamente las desigualdades por género y edad.
Nuestra investigación[4] aborda la primera preocupación mediante la estimación de modelos de distribución de recursos dentro del hogar[5], con el fin de identificar la participación de recursos de cada miembro del hogar, y por lo tanto, las tasas de pobreza a nivel individual de niños, mujeres y hombres. El segundo conjunto de problemas se analiza a través de extensos ejercicios de sensibilidad, explorando distintos supuestos sobre las necesidades de los niños y las economías de escala.
Una vez estimada la participación de cada miembro del hogar en los recursos del hogar, las traducimos en consumo individual, tasas de pobreza individuales y desigualdad intrahogar. Este enfoque permite realizar comparaciones globales de la desigualdad de género y la privación infantil, revelando brechas de pobreza que permanecerían ocultas bajo medidas de consumo per cápita del hogar.
Una brecha de género persistente en los recursos individuales. Y una brecha aún mayor para los niños
Nuestro método se basa en encuestas de gasto de 45 países, principalmente de ingresos bajos y medios. De este modo, ofrecemos la primera caracterización global de la desigualdad de género y de los patrones de pobreza infantil en el consumo. Los países incluidos en nuestro análisis representan el 42% de la población mundial, con una alta representación de América Latina (11 países, 78% de la población total de la región) y África (22 países, 60% de su población total).
Nuestros resultados revelan un patrón consistente de desigualdad intrahogar en la asignación de recursos. Los hombres reciben mayores proporciones de recursos que las mujeres, mientras que la participación de los niños es considerablemente menor que la de los adultos. En promedio, los hombres consumen entre el 20% y el 46% de los recursos del hogar (con una media global de 30,6%), las mujeres reciben entre el 17% y el 33% (media global de 24,6%), y los niños entre el 3% y el 23% (media global de 8,3%). En conjunto, encontramos que las mujeres reciben una proporción significativamente menor de los recursos del hogar que los hombres en 23 países y, en promedio, alrededor de un 20% menos.
La Figura 1 ilustra la magnitud de la desigualdad intrahogar en el consumo según el nivel de vida de los países. Muestra, para cada país, la participación de recursos por hombre, mujer y niño, en función del (logaritmo del) gasto promedio per cápita del hogar. En términos generales, nuestros resultados sugieren que la desigualdad intrahogar disminuye a medida que aumentan los niveles de vida. Las brechas de género y edad se reducen hacia la derecha del gráfico. Si bien las desigualdades de género en la asignación de recursos persisten, tienden a disminuir a medida que los países se desarrollan. La brecha entre adultos y niños es pronunciada en todos los niveles de desarrollo, pero desaparece en los países más ricos de nuestra muestra (Argentina, Uruguay, Panamá y Chile).
Figura 1. Proporción de recursos del hogar que reciben las mujeres, varones y niños por nivel de vida del país

Fuente: Estimación propia a partir de las encuestas de gastos de 45 países. Por más detalles ver Aminjonov et al (2025)
Cabe señalar que en los niveles bajos de gasto per cápita (la parte izquierda del gráfico) hombres, mujeres y niños consumen muy poco en términos absolutos. En este contexto, la desigualdad dentro del hogar es prácticamente imperceptible dado que la pobreza es generalizada. A medida que los niveles de vida comienzan a aumentar, la participación de recursos de los hombres crece en relación con la de las mujeres, mientras que la de los niños se mantiene muy por debajo de la de los adultos. Sin embargo, al avanzar hacia los países más ricos, las participaciones de niños y adultos convergen.
Los recursos destinados a los niños son menores en los países más pobres, o en los hogares más pobres dentro de cada país, lo cual es consistente con tasas de fecundidad más altas y un trade-off desfavorable entre cantidad y calidad de los hijos en estos contextos. Los países y hogares más pobres tienden a tener más niños, lo que diluye la participación de recursos por niño incluso si los padres intentan distribuirlos de manera equitativa. Nuestras estimaciones muestran que el número de niños está fuertemente asociado con cuánto recibe cada uno.
Implicancias clave para la medición de la pobreza y la desigualdad
Una vez estimadas las participaciones individuales de recursos, podemos calcular los niveles de consumo individual de niños, mujeres y hombres, y luego determinar sus respectivas tasas de pobreza y desigualdad.
En línea con el patrón general de asignación de recursos observado en la Figura 1, los niños presentan tasas de pobreza más altas que los adultos, y las mujeres enfrentan mayores tasas de pobreza que los hombres. Utilizando la línea de pobreza de 3,2 dólares por día, la tasa promedio global de pobreza para los hombres es de aproximadamente 18,5%, mientras que para las mujeres es significativamente mayor, alcanzando el 29,5% (un 59% más alta que la de los hombres). Entre los niños, la tasa de pobreza es aún más elevada, con un promedio de 74,5% si se asume que sus necesidades son iguales a las de los adultos. Incluso al ajustar por menores necesidades, la pobreza infantil se mantiene muy por encima de la de los adultos en la mayoría de los países. Suponer que los niños requieren el 60% o el 45% del consumo de un adulto reduce la brecha, pero esta solo desaparece bajo supuestos poco plausibles (30%).
Finalmente, descomponemos la desigualdad global en el consumo a nivel de individuos (y no solo de hogares). Aproximadamente un tercio de la desigualdad global total se explica por diferencias entre países; entre un 38% y un 56% (según la medida y los supuestos) por diferencias entre hogares; y entre un 13% y un 32% por desigualdad dentro de los hogares. Esto resalta el potencial error de medición de la desigualdad que surge al ignorar la distribución desigual de recursos dentro de las familias.
Hacia estrategias de reducción de la pobreza más inclusivas
Los mecanismos tradicionales de focalización de la pobreza basados en el gasto per cápita del hogar pueden dejar fuera a amplios grupos de personas pobres que viven en hogares considerados “no pobres”, en particular a los niños. Nuestros resultados sugieren que alrededor de una cuarta parte de los niños identificados como pobres según nuestra medida no serían detectados si los programas se basaran únicamente en el ingreso per cápita del hogar.
La evidencia de 45 países llama a repensar cómo se miden y abordan la pobreza y la desigualdad. Las brechas de género en el consumo están ampliamente extendidas, aunque tienden a reducirse en contextos más ricos. La privación infantil es más profunda y persistente, moldeada por los patrones de fecundidad y por la distribución desigual de los recursos incluso entre los hogares relativamente mejor posicionados.
Las intervenciones para reducir la pobreza deben, por lo tanto, mirar dentro de los hogares. Transferencias monetarias, subsidios alimentarios o beneficios de cuidado infantil dirigidos a madres y niños pueden compensar sesgos en la asignación de recursos. Asimismo, las políticas que amplían los ingresos y el poder de negociación de las mujeres probablemente mejoren no solo su propio bienestar, sino también el de sus hijos.
Ver el trabajo completo publicado en The World Bank Economic Review (2026) https://academic.oup.com/wber/advance-article-abstract/doi/10.1093/wber/lhag012/8661680?redirectedFrom=fulltext
[1] Ferreira, F.H.G., Chen, S., Dabalen, A. et al. A global count of the extreme poor in 2012: data issues, methodology and initial results. J Econ Inequal 14, 141–172 (2016). https://doi.org/10.1007/s10888-016-9326-6
[2] Caitlin Brown, Martin Ravallion, Dominique van de Walle; Most of Africa's Nutritionally Deprived Women and Children Are Not Found in Poor Households. The Review of Economics and Statistics 2019; 101 (4): 631–644. doi: https://doi.org/10.1162/rest_a_00800
[3] Jolliffe, D., & Tetteh-Baah, S. K. (2024). Identifying the poor–Accounting for household economies of scale in global poverty estimates. World Development, 179, 106593.
[4] Ulugbek Aminjonov, Olivier Bargain, Maira Colacce, Global Evidence on Gender Gaps and Child Poverty in Consumption, The World Bank Economic Review, 2026;, lhag012, https://doi.org/10.1093/wber/lhag012
[5] Dunbar, Geoffrey R., Arthur Lewbel, and Krishna Pendakur. 2013. "Children's Resources in Collective Households: Identification, Estimation, and an Application to Child Poverty in Malawi." American Economic Review 103 (1): 438–71.
